Lecumberri
Más que una cárcel, el retrato de un país.
Imagínate ser un pequeño niño a principios del siglo XX en México. Pensarías que lo peor que podría pasarte serían las guerras, la corrupción, las crisis económicas o el hambre de un país que apenas intentaba reconstruirse. Pero no.
Porque tus padres no te quisieron o simplemente porque la fortuna decidió jugar en tu contra, terminaste en la supuesta “mejor” cárcel que tenía México. Ahí conociste a otro niño como tú.
Entre espacios diminutos, comida escasa y un mundo que parecía haber olvidado que existían, nació una amistad y, con ella, la absurda esperanza de que algún día todo sería distinto, hasta que un hombre que jamás recibió la atención psiquiátrica que necesitaba los encontró y los asesinó brutalmente. No es una novela, no es un cuento, es apenas una pincelada de ese otro México que casi nunca queremos mirar.
Pocos lugares lo representan mejor que el Palacio Negro de Lecumberri.
Introducción
La semana pasada, cuando estaba escribiendo el texto de Juanga, recordé lo que era Lecumberri y, como prometí, traje la historia esta semana.
Este es uno de esos textos raros porque, si bien me gusta la historia, no se puede perder de vista que lo que aquí aconteció no son solo cifras, datos y malas gestiones, sino vidas de muchos humanos perdidas por un pésimo sistema de encarcelamiento y control. De esos problemas que es mejor ignorar porque, sea quien sea que esté a cargo, sabe que será bastante complicado de arreglar.
Pero entonces, comencemos, que esta historia tiene de todo un poco: personajes históricos, política, problemas internos y un desenlace que reafirma por qué Dalí decía que México es sumamente surrealista.
Inicios
Para finales del siglo XIX, la capital del país contaba con muchos problemas (todavía, pero ese es otro tema). Los cambios políticos, las potencias internacionales y esta idea de “modernización” del país trajeron consigo muchas obras: el Palacio de Bellas Artes, el ferrocarril, el Museo Nacional de Arte, entre muchas otras. La idea de modernización a través de obras físicas era una manera de dejar atrás el ideal de un país en desarrollo y que los demás miraran el progreso en México.
Si bien varias de esas obras contemplaban principalmente el arte y la economía, también existían otros problemas internos que necesitaban ser atendidos, como la modernidad en las cárceles y mejores sistemas de “reformar” a los reclusos antes que solo verlos como desecho.
Por esos años, la cárcel principal, la Penitenciaría de Belén, se encontraba saturada de reclusos y era sumamente insalubre. Viendo que las potencias internacionales habían tomado una iniciativa europea de darles una segunda oportunidad a los presos con talleres, lugares más dignos donde descansar y una administración la cual estaría a niveles nunca vistos en Latinoamérica, se aprobó la construcción de un nuevo recinto en 1885.
El modelo en tendencia para esta magna obra era el panóptico: un edificio interconectado, con un eje central de vigilancia, áreas comunes y recreativas, y pasillos donde habría libertad de tránsito cuidado y seguridad. Era una cárcel, pero arquitectónicamente también era un edificio sumamente hermoso.
Hay que contextualizar que la cárcel fue inaugurada formalmente el 2 de septiembre de 1900, aún bajo el mandato de uno de los presidentes más polarizados del país: Porfirio Díaz. Al inicio, relativamente todo estaba yendo bien; cumplía con lo que se esperaba y se trataba de llegar a ese objetivo donde el recluso sería visto más como una persona en rehabilitación que como una basura humana.
Siiiiiin embargo, una década después, en 1910, la Revolución Mexicana comenzó, y lo que empezó como un sueño de transformación se cumplió... pero completamente para el otro lado.
El infierno mismo
Hoy en día hay cárceles que parecen hoteles, otras que no se entiende lo que pasa adentro, otras que ni rejas tienen; o lo más cercano a Lecumberri por el modelo sería lo que hoy pasa en El Salvador con mucha gente recluida en un pequeño lugar. El problema es que allá lo tienen controlado, cumple un propósito. Acá no.
Cuando la Revolución estalló, Lecumberri se volvió un lugar con nulo control y un sitio a donde irían a parar adversarios o revoltosos. La política mexicana se encontraba en uno de sus puntos más frágiles en cuestión de solvencia y creencia. Era tan probable que el preso que estaba dentro estuviera ahí por error, porque lo obligaron o porque, sí, cometió un crimen.
Sin embargo, no es lo mismo robar una manzana que matar a dos personas, o que no simpatizar con un político. Pero a Lecumberri no le importaba eso; desde que entrabas, tus derechos humanos eran pulverizados.
Y es que la cosa no fue a mejor, sino a peor a mediados de siglo con la consolidación política del PRI y su corrupción a diestra y siniestra. Ya daba igual por qué, da igual el proceso, lo importante era deshacerse de alguien. Así fue como, a lo largo de las décadas, entraron a Lecumberri: Juan Gabriel, José Revueltas, David Alfaro Siqueiros, Ramón Mercader, Álvaro Mutis, Gregorio “Goyo” Cárdenas, Pancho Villa, William S. Burroughs, Heberto Castillo, Gilberto Rincón Gallardo, José Agustín, Luis González de Alba, Raúl Álvarez Garín, Gilberto Guevara Niebla, Eduardo Valle.
A diferencia de otros textos donde procuro no poner nombres, en este caso sí. Hay famosos que entraron por tonterías, pero la gran mayoría fue a parar ahí por descontento político, especialmente tras la represión estudiantil de 1968. No son solo personas, son símbolos de lo que Latinoamérica (o por lo menos México) carece: líderes de opinión que buscaban que el país tuviera su mejor versión.
Antes, a nuestros mejores líderes o periodistas los metían a la cárcel; hoy están tres metros bajo tierra.
Historias de terror
Lo que originalmente era una cárcel diseñada para unos mil reclusos, para los años 70 llegó a albergar a más de 4,000 periódicamente. Entiéndase el dato: donde cabe uno, metían a cuatro. No es solamente la incomodidad, la falta de comida, de seguridad, los olores, la pésima administración o los constantes asesinatos. Había corrupción adentro, violaciones, torturas. No es un juego cuando digo que era un infierno. Era un maldito campo de concentración donde el sentido común nunca estuvo y todo se solucionaba encerrando a la gente en cuartos donde muchos dormían de pie o simplemente no dormían.
De hecho, la historia del inicio técnicamente es falsa. Yo la inventé… a medias.
Como comenté anteriormente, hubo niños, hubo gente que sus padres, cansados de lidiar con ellos, los metían ahí como si fuera un reformatorio; hubo falta de atención médica, hubo asesinatos inimaginables. Pero, así como buen político (y como mucha información de esta historia), conviene mejor decir: “no existe la información suficiente”. Claro, quién chingados va a querer demostrar que esta cárcel era lo más cercano a un campo de concentración que ha existido en Latinoamérica.
Y de verdad me encantaría darles un estimado de cuántas almas se perdieron ahí, pero no existe. Aun hoy en día los investigadores (de los cuales pondré sus citas y nombres al final), que saben más que yo de esto, no te pueden dar un testimonio exacto porque lo oficial y lo extraoficial no coincide, y no coincidirá jamás. Insisto, ¿quién se iba a preocupar por el desecho del pueblo?
Su cierre
La mierda siempre sale a flote y huele bastante feo. Ya la situación para 1976 era completamente insostenible, pero alguien tenía que tomar la decisión de ponerle fin a esto. El presidente Luis Echeverría, impulsando otra acción de abrir nuevas cárceles y bajo un supuesto modelo más moderno, nombró a Sergio García Ramírez como el último director para el cierre definitivo del recinto. Al final, hicieron lo pinche mismo que se hizo cien años antes: las mismas palabras, la misma idea, solo diferentes personajes.
Dato curioso: El último director, Sergio García Ramírez, fue quien literalmente apagó las luces de Lecumberri como cárcel el 27 de agosto de 1976. Después de desalojar el Palacio Negro, supervisó la apertura de los nuevos reclusorios preventivos de la ciudad.
La cosa no es hacer como que nada pasó, sino aprender sobre eso. Y lo malo es que ni en el siglo XIX, ni en el XX, y parece que tampoco en este, las cosas cambian.
De hecho, se pensó en destruir Lecumberri (insisto, es más fácil hacer como que no pasó o “no tener las cifras oficiales” que afrontar la realidad), pero entre historiadores, arquitectos y mismos funcionarios políticos lograron convencer al gobierno de mantener el recinto en pie.
La paradoja de todo esto es que, tras una remodelación, en 1982 el lugar abrió sus puertas para convertirse en el Archivo General de la Nación. Sí, uno de los recintos que buscaba eliminar a cualquiera que quisiera demostrar otra cara de México, que destruyó historias, que eliminó personas… hoy guarda las memorias de un país. ¡HAZME EL FAVOR!
Conclusiones
Lecumberri es más que solo un edificio, un relato triste o corrupción en su máxima expresión. Lecumberri es un recordatorio tangible de la realidad de una nación que, si muchas veces olvida a la gente que vive el día a día, ¿Qué esperar de aquellos que tuvieron el infortunio de cometer (o no) un crimen? Creo que este es de mis textos más débiles porque el tema en sí da para horas y horas. De hecho, abajo les dejo videos e historiadores que saben más al respecto.
Sin embargo, creo que la mayor conclusión es, como en otros tantos textos lo hemos hecho: las personas. Hoy hablamos del recinto, pero ese lugar habitó sueños sin cumplir, personas inocentes y gente que te hace creer que los demonios existen. Es uno de los lugares más oscuros que México aún mantiene y su memoria (vaya la redundancia) debe ser recordada.
Me parece demasiado paradójico, mientras escribía esto, leer las conclusiones de la administración de Echeverría en 1976 y ver que las razones de su cierre fueran exactamente las mismas por las cuales se inauguró en 1900; es completamente divertido. Y al día de hoy hay otras cárceles en México que han tenido las mismas razones por las cuales cierran y por las cuales abren. Parece entonces que, sí, estamos condenados a repetir nuestra historia si estamos tan empeñados en no conocerla. O mejor dicho: en no contar con esos datos.





